El otro día pasé por una de esas situaciones medio chotas, pero no tan dramáticas como para tener relevancia general.
Pasé por el chino cerca de la casa de mi viejo para comprar puchos. El Señor Chino -con respeto- que trabaja ahí me conoce, él y toda su Familia China -con respeto-, desde que soy un piojo de tres años. Cuestión que no siempre compro en ese supermercado actualmente, y no espero que me reconozcan (sobretodo porque dieron un paso adelante en la cadena alimenticia y contrataron dos cajeros argentinos, por lo que no los veo tanto cuando sí voy a comprar). Es decir, afrontemoslo, tengo casi veinte, lo único que se mantiene de mi a los tres son mis ridiculamente diminutos dientes. CUESTIÓN, que fui a comprar cigarrillos y me atiende Hernán (el Señor Chino) (que posiblemente sea Señor Coreano, no estoy segura). Me mira, nos miramos, yo veo algo parecido al reconocimiento en sus ojos, pero decido ignorarlo porque mi necesidad de saltear cualquier momento posiblemente incómodo es mucho más grande que nada, y se lleva a cabo el siguiente diálogo:
Yo: Hola, buen día
Él: Hola, ¿Cómo es...?
Yo: ¿Me das un atado de puchos por fav...?
Él: Dale
Yo: Bien, ¿Vos?
Él: Once cincuenta
Yo: (entrega dinero)
Él: Bien, bien
Yo: Chau, hasta luego
Él: Chau.
Es horrible.
Horrible, horrible, horrible.
Tal vez nadie se da cuenta de por qué.
Esa forma de intentar llevar a cabo una transacción básica, mientras se tropieza con querer ser cordial y saludar a una persona que te conoce desde que sos un bebé, es patética. Y es horrible. Porque no quiero que piensen que me chupan todos un huevo -aunqueseaasí- pero pensé que yo les chupaba un huevo, y parece que no, pero yo ya accioné como si así fuese.
Es un desastre. Ni yo me entiendo.
Las cosas que me frustran no suelen tener sentido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario